Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¿Y qué remedio adoptar, Cándido? Ya es tarde, ya él es un hombrecito.
—¿Qué remedio? Varios. En los buques de guerra de S. M. hasta a los hombronazos se les mete en cintura. Pensando estaba que no le vendrÃa mal oler a brea por corto tiempo. Apuradamente mi amigo Acha, comandante de La Sabina, está empeñado en enseñarle la maniobra. Ayer nada menos me dijo que me resolviera y se lo entregara, seguro de que le pondrÃa más derecho que un mastelero de gavia[52]. SÃ, ésa fue la expresión de que hizo uso. De todos modos, estoy resuelto a poner freno a las demasÃas de ese mozo.
Conmoviose doña Rosa al oÃr las últimas palabras de su marido, mucho más al notar el tono de firme resolución con que las emitió; y parte para ocultar las lágrimas que le rebosaban en los ojos, parte por variar el objeto de una conversación que le herÃa en lo más vivo del alma, se levantó otra vez y se dirigió al patio. En aquel momento mismo bajaba Leonardo la escalera, vestido como para salir a la calle; y ella, que sintió sus pasos, retrocedió al sitio que acababa de dejar al lado de su marido, y en tono de humilde súplica, con voz temblosa por la emoción, le dijo:
—Por el amor de ese mismo hijo, Gamboa, no le digas nada ahora. Tu severidad le rebela y me mata a mÃ.
—¡Rosa! —murmuró don Cándido echándole una mirada de reconvención—. Tú le pierdes.