Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—¡Prudencia, Cándido! —replicó doña Rosa, respirando más libremente; porque comprendió que su esposo estaba inclinado por entonces a ejercer aquella virtud—. Advierte que ya es un hombre y que le tratas como si fuera un niño.

—¡Rosa!, —repitió don Cándido con otra mirada de reconvención—. ¿Hasta cuándo?

—Será ésta la última vez que interceda por él, —se apresuró a decir doña Rosa—. Te lo prometo.

En esto acababa de bajar la escalera el joven Gamboa y se encaminó derecho a su madre, la cual le salió al encuentro como para mejor protegerle del enojo de su padre. Pero éste, silencioso y cabizbajo, ya penetraba en el escritorio y no vio o se hizo que no vio al hijo besar a la madre en la frente, ni la seña con que ella le indicó que debía saludar también a su padre.

Leonardo no dijo palabra, ni hizo ademán de cumplir con la indicación. Sólo se sonrió, levantó los hombros y se encaminó a la calle, llevando debajo del brazo izquierdo un libro empastado a la española, con los cantos rojos, y en la mano derecha una caña de Indias cuyo puño de oro figuraba una corona.


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