Cecilia Valdes
Cecilia Valdes ¡Para hacer bien por el alma
Del que van a ajusticiar!
ESPRONCEDA
El reo de muerte
Tiró el estudiante en dirección de la Plaza Vieja por la calle de San Ignacio. En la esquina de la de Sol tropezó con otros dos estudiantes poco más o menos de su edad, que en toda apariencia esperaban su llegada. El uno de ellos no es desconocido para el lector, pues le ha visto en la cuna de la calle de San José. Nos referimos a Diego Meneses. Era el otro de figura menos galana y esbelta, agregando a su baja estatura un cuello muy corto y hombros bastante levantados, entre los cuales llevaba como enterrada una cabeza redonda y chica. Había cierta confusión en su frente más angosta y levantada; los ojos tenía pequeños y penetrantes, la nariz algo arremangada, la barba aguda y la boca fresca y húmeda, por cierto la más expresiva de sus menudas facciones; el cabello crespo y así en su semblante como en su cuerpo se descubría desde luego la gran malicia que animaba su travieso espíritu. Junto con una fuerte palmada en el hombro, Leonardo le dio el nombre de Pancho Solfa. Este, medio sonreído, medio mal humorado del golpe dijo: