Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Cada animal tiene su lenguaje, y el tuyo, Leonardo, es a veces muy expresivo.
—Porque te quiero te aporreo, Pancho. ¿Quieres otra caricia?
—Basta, chico. —Y se desvió, haciendo un movimiento con la mano izquierda.
—¿Qué hora es? —preguntó Leonardo—. Recuerdo que no le di cuerda anoche a mi reloj y se ha parado.
—Las siete acaban de dar en el reloj del Espíritu Santo, —respondió Diego—. Nos marchábamos sin ti, creyendo que se te habían pegado las sábanas.
—Por poco no me levanto en todo el día. Me acosté tarde y mi padre me hizo llamar al amanecer. Él, como se acuesta con las gallinas, madruga siempre. ¿No les parece a ustedes que hay tiempo de dar una vueltecita por la Loma del Ángel?
—Soy de opinión que no, —dijo Pancho—. A menos que tú, cual otro Josué, tengas la virtud de parar el sol.
—Te pereces por una cita, Pancho, venga o no venga a pelo. ¿Pues no sabes que el sol no camina desde que Josué le mandó parar su carrera? Si hubieses estudiado astronomía sabrías eso.
—Di, más bien, que si hubiera estudiado historia sagrada, —dijo Meneses.