Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Los otros estudiantes no seminaristas, en el número ya dicho, luego que se alejó el catedrático, deshicieron la formación que traían, se precipitaron por la ancha escalera de piedra, en tropel bajaron al corredor y en el mismo desorden salieron a la calle, cual si los hubiera vomitado de un golpe la amplia portería del Colegio de San Carlos.

Ya en la calle, se derramaron por diferentes rumbos de la ciudad. Un grupo bastante numeroso tomó la vuelta del cuartel de San Telmo en que termina la calle de San Ignacio, torció la de Chacón, enseguida a la de Cuba, en fin, por la de Cuarteles se encaminó a la Loma del Ángel, que era su destino. En este grupo estudiantil, marchando con gran algazara, bien podía notar el curioso lector de anteriores páginas, a los tres constantes amigos: Gamboa, Meneses y Solfa. El primero de éstos sin duda capitaneaba a los demás, porque iba a la cabeza blandiendo en la mano derecha, a guisa de bastón de tambor mayor, la caña de Indias con puño de oro y regatón[60] de plata. A medida que se acercaban a la iglesia del Santo Ángel Custodio, que, como sabe el lector habanero, se halla sentada en la planicie de la Peñapobre, se estrechaba más la vía a causa del declive y del golpe de gentes de ambos sexos, de todos colores y condiciones que llevaban la misma dirección.


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