Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Tú no sirves para predicador, —le dijo Leonardo, tal vez con ánimo de distraer su atención—, porque te posesionas demasiado del asunto.
—Por lo que toca a Aponte, —continuó doña Rosa luego que se hubo serenado—, ya sé que es un conversador, mas, en honor de la verdad, debo decir que tu padre supo la hora a que volviste por el ruido que se hizo en el zaguán con la apertura de la puerta, la entrada del carruaje y las pisadas de los caballos. Con el silencio de la noche, todo ruido es un trueno. El despertó, encendió un tabaco con el yesquero, consultó el reloj e hizo una exclamación de enojo. Yo me hice la dormida. Eran las dos y media de la madrugada… Aún se te conoce en la cara la mala noche.
Hubo otro breve intervalo de silencio entre aquellos dos interlocutores, durante el cual Leonardo bostezó y se esperezó diferentes veces, hasta que, puesto en pie, dijo:
—Me voy a dormir… Si me compras el reloj, bueno; si no, poco importa.
Dio media vuelta y emprendió la subida de la escalera de su dormitorio, paso ante paso, cual si contara los escalones o le costara un grande esfuerzo. La madre, entre tanto, le siguió con los ojos, sin decirle otra palabra ni moverse de la silla; pero asà que le perdió de vista en los altos de la escalera, se agitó con viveza y llamó en voz fuerte: