Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¡Reventos!
A una llamada tan apremiante, no tardó en responder en propia persona el mayordomo mencionado en el anterior capÃtulo. Era un hombre bajo de cuerpo, rechoncho, trigueño, con la cara redonda y el pelo muy crespo, que asà en su aspecto como en sus maneras manifestaba resolución y agilidad. Aunque vestido de limpio, venÃa en chaleco, trasluciéndose a leguas que procedÃa de Asturias, tipo no muy común del español entonces en La Habana. HacÃa de mayordomo en casa de don Cándido Gamboa, y si llevaba ciertos libros, no se ocupaba tanto en el escritorio, como en otras comisiones más en consonancia con su empleo. Cuando se presentó delante de doña Rosa, tenÃa la pluma detrás de la oreja, y ella le dijo en tono de mando:
—Reventos, diga a Gamboa que me mande con Vd. veinte onzas.
Fue el hombre y volvió sin demora con el dinero pedido, el cual sacó de la caja de hierro pequeña, debajo de la carpeta, en que habÃa varios sacos atestados de monedas de oro y plata.