Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Póngase la chaqueta, —añadió doña Rosa derramando las onzas sobre la mesa para contarlas—, y vaya ahora mismo a la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San AgustÃn, relojerÃa de Dubois, y se compra Vd. el mejor reloj de repetición que haya recibido últimamente de Ginebra. Diga Vd. que es para mÃ. ¿Se ha enterado Vd.?
—SÃ, señora.
—Supongo que Vd. no entiende de relojes.
—No se me alcanza mucho, que digamos, pero en Gijón, donde yo nacà y me crié, hay más de una relojerÃa; y un tÃo mÃo, hermano de mi madre, que en paz descanse, tenÃa en la uña, como quien dice, el mecanismo de los relojes.
—No lo decÃa por tanto, don Melitón, lo decÃa para prevenirle contra cualesquier engaño que pudieran practicar con Vd., si se creyese que el reloj era para Vd. u otra persona asÃ… ¿Vd. me entiende?
—Ya, ya, estoy enterado.
—Oiga. Recalque Vd. a Dubois que el reloj es para mÃ. El me conoce y debe saber que le costarÃa caro…
—Dar a Vd. gato por liebre, —interrumpió el mayordomo—. Por sentado que le costarÃa un ojo de la cara, si tal hiciera el muy bellaco. Demasiado lo sé y lo sabe él.