Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Yo no le tengo por bellaco, como Vd. dice; sin embargo, bueno es estar prevenido…

—Porque el soldado prevenido nunca fue vencido, —volvió a interrumpir el mayordomo, interpretando a su modo el pensamiento del ama.

—¡Ah! Haga que le pongan en una caja fina, como para un regalo. ¿Entiende Vd.?

—¡Toma que si lo entiendo! Perfectamente.

—Bien. Vaya Vd.

—Volando.

—¿Se acordará Vd.? Reloj de oro, de repetición, suizo; quiero decir, ginebrino, de los últimamente recibidos de Ginebra por el relojero Dubois, que vive en la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San Agustín.

—Sí, sí, señora doña Rosa. Todo eso lo recuerdo y lo tendré presente. Y en un salto…

—¡Oiga! No me limito a 18 onzas. Se quiere el mejor reloj de repetición, ginebrino legítimo, cueste lo que cueste. Si más dinero se necesita, venga Vd. por él.

—Será servida la señora doña Rosa al pie de la letra.

—¡Ah! ¡Reventos! ¡Reventos! Venga acá. Lo principal se me olvidaba. Haga que le pongan por dentro de la tapa esta marca: L. G. S. oct. 24, 1830. No se olvide.


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