Cecilia Valdes
Cecilia Valdes En efecto, en poco más de una hora el Mayordomo estuvo de vuelta y puso en manos de doña Rosa un estuche pequeño, cuadrado, de tafilete, con filetes de oro. Sin duda dicha señora le aguardaba impaciente, porque tomarle, abrirle, contemplarle por breve rato con una especie de alegría infantil, levantarse y meterse en su aposento, sin hacer más caso del Mayordomo, fue todo uno.
No pasó más tiempo que el que acabamos de emplear en la relación de la cómica escena.
Leonardo por su parte, tan seguro estaba de que no se pondría el sol de aquel día, sin que un nuevo reloj viniese a adornar su traje en el bolsillo de sus pantalones, que habiendo tendido éstos en el sofá, enfrente de su cama, se acostó tranquilo, resuelto a dormir y reparar las fuerzas quebrantadas por la fatiga y la falta de sueño de la noche anterior. Dormitaba solamente cuando el ruido de menudos pasos y de las ropas de una mujer, vino a confirmarle en su esperanza. Era su madre. Fingió que dormía y la vio acercarse quedito al sofá, levantar en alto los pantalones, meter en el bolsillo delantero algo redondo que relumbraba mucho, pendiente de una cinta de seda rosada y azul, formando aguas, de más de una pulgada de ancho y seis de largo, sujetas las puntas por una hebilla de oro. Sonriose de placer, y cerró los ojos, a fin de que su madre se retirase en la persuasión que le había preparado una sorpresa.