Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Durante esta larga y animada conversación, no cesó un punto la probadura de la casaca. Ya cogía Uribe una solapa con la mano derecha, la sacudía y atraía a sí, a tiempo que con la izquierda abierta comprimía los pliegues de la camisa del oficial por el pecho y el costado; ya mataba las ondas de la espalda, de los hombros para el centro; ya con el jabón de piedra trazaba crucetas a lo largo de las costuras de los costados; ya, en fin, metía las tijeras por la orilla del cuello y de las boca-mangas y sisaba el paño adherido por los hilvanes de hilo blanco a las entretelas de cañamazo. Así el embrión de frac tomaba poco a poco la forma del cuerpo del oficial bajo la tijera y la astilla de jabón de Uribe, sin que a todas éstas tuviese él la certidumbre de que le viniese bien a su legítimo dueño; pero fiaba el maestro mucho en su experiencia y conocida habilidad. Siempre que se le ofrecía alguna duda respecto al tamaño, ocurría a la tira de papel doblada en dos con piquetes en ambas orillas, que le servía de medida y rectificaba las dimensiones.

Media hora larga se había pasado en esta faena del maestro con su oficial, cuando paró una volante de alquiler a la puerta de la sastrería y se apeó de ella, de un salto, el intrépido joven que había servido de asunto, por la mayor parte, de su sazonada conversación.


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