Cecilia Valdes
Cecilia Valdes El nombre, lo mismo que la voz de la muchacha, sacaron a Leonardo de su abstracción; volvió a ella el rostro y le clavó la vista. Ambos se reconocieron desde luego, y cambiaron una mirada de inteligencia y una sonrisa de cariño, señales que por cierto no se escaparon a la penetración de Uribe. —Aquí hay gato encerrado, pensó él. ¡Pobre muchacha!, ¡la compadezco! ¡En qué garras has caído! Cuando menos ésta es la causa de las quemazones de sangre de Pimienta… Tiene razón… Pero no, debe ser por algo más de eso.
Después sacó el chaleco del pañuelo de seda en que estaba envuelto, y dándole éste a su dueño, añadió hablando con Gamboa.
—¿No se lo dije al caballero? Aquí tiene la prenda. La costurera vale un Potosí.