Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Por entonces, plantado Leonardo delante del espejo, se había despojado del frac con la ayuda del sastre, y mientras le probaban el nuevo, creyó ver reflejada en aquél la imagen de alguien que le miraba a hurtadillas desde atrás de la puerta del comedor. Aunque le pasó por la mente que había visto aquella cara en alguna parte, de pronto no pudo recordar dónde ni cuándo. En este esfuerzo de imaginación se quedó un rato pensativo, completamente abstraído. Por supuesto, durante ese tiempo no vio lo que pasaba, no oyó ni entendió la charla del maestro Uribe.

Acertó a entrar en aquella sazón en la sastrería una muchacha de color, medio cubierta la cabeza en la manta de burato pardo oscuro, a la usanza persa. Dio las buenas tardes, y como si no hubiese reparado en lo que allí se hacía, pasó de largo hacia el aposento, por detrás de la mesa de cortar. Pero Uribe la esperaba impaciente y la detuvo antes de alcanzar la puerta, preguntándole:

—¿Traes el chaleco, Nene?

—Sí, señor; —contestó ella con voz muy suave y musical, deteniéndose a la cabeza de la mesa, en la cual depositó un lío pequeño que sacó de debajo de la manta.


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