Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—¡Ah! ¡Maestro Uribe! ¡Maestro Uribe! —volvió a interrumpirle el joven con mayor impaciencia—. El que no te conozca que te compre. Dale con la palabra y vuelta con su reputación y pocas veces, si alguna, cumpliendo con exactitud. Dejemos toda esta palabrería para otra ocasión y vamos a los hechos. Al fin ¿tendré la ropa esta noche, en tiempo para el baile o no? He aquí lo que importa saber.

—La tendrá el caballerito o pierdo el nombre que llevo. Por lo que toca al chaleco, que es lo único que se hace fuera de casa, lo espero por momentos. Apuradamente, está en manos de una pardita que se pinta sola para chalecos y es como el reloj. Ya que el caballero ha tenido la bondad de honrar mi taller con su presencia, probaremos la casaca, aunque estoy cierto y seguro que el caballero va a confesar que tengo buen ojo, si no otra cosa. Le ruego que no repare en su estado presente, porque sé que para las personas que no son del arte aquí hay trabajo de dos días, cuando para un oficial experto sólo hay trabajo de dos horas. Si alguna vez se me atrasa la obra, no es por culpa mía, ni por falta de oficiales, sino porque me cae mucha de golpe. En el taller sólo tengo cinco oficiales, fuera, en sus casas, cuantos quiero, aunque yo prefiero tener mi gente siempre a la vista.


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