Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Aguijada por la curiosidad, volvió la muchacha a silbar como lo había hecho antes; le contestaron desde la ventanilla moviendo la cortina blanca, y acudió al punto; pero en vez de su querida amiga Cecilia, sólo encontró a la abuela. ¿Cuál de las dos mujeres había recibido y hablado con el caballero del frac oscuro y el sombrero de copa abultada? Nuevo motivo de curiosidad y de mayor confusión.

—¡Ah! ¿Era Vd., Chepilla?, —exclamó Nemesia.

—Entra, —le dijo ésta, pasando a la puerta y quitando con la punta del pie la media bala que la aseguraba.

No se hizo de rogar la muchacha. Parecía seria y desazonada la abuela; y la nieta, sentada en un rincón, con el traje flojo, el aspecto desaliñado, la cabeza doblada sobre el pecho, los brazos extendidos y los dedos cruzados en la falda, era viva imagen del abatimiento y de la desesperación.

—Entra, hija mía. Seas bienvenida, —repitió Chepilla—. Entra y siéntate; hazme el favor de sentarte, —añadió notando que la moza se mantenía en pie, como azorada y confusa.

—Ya es tarde y estoy de prisa, —repuso ésta dejándose caer maquinalmente en la butaca de cuero delante del nicho en que se veneraba la imagen de la Dolorosa.


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