Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —No es cosa lo que sucede; sólo que esta muchacha (señalando para la nieta con un movimiento de los labios) parece poseÃda… ¡Dios nos asista!, (y se persignó). Iba a decir un disparate. Quiero que seas el juez y la consejera en este caso, aunque tú puedes ser dos veces mi hija. Por eso te he hecho entrar. Vamos, dime, hija mÃa, ¿qué harÃas tú si tu protector, tu amigo constante, tu único apoyo en el mundo, como si dijéramos, tu mismo padre, que es verdaderamente un padre para nosotras pobres, desvalidas mujeres, sin otro amparo bajo el cielo, qué harÃas tú si te aconsejaba, vamos, si te prohibÃa el que hicieras una cosa? Di, ¿tú lo harÃas? ¿Tú le desobedecerÃas?
—Mamita, —saltó y dijo Cecilia sin poder contenerse—; su merced no ha pintado el caso como es.
—Cállate, —replicó la abuela con imperio—. Deja que Nemesia conteste.