Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Hablas por hablar, niña, —dijo la abuela al cabo de un largo espacio de meditación y de silencio—. Nada de lo que has dicho viene al caso, ni se trata de eso tampoco. Se trata de que tú no le complaces, ni le tienes voluntad a una persona que es tan buena contigo y sólo le lleva el bien que te puede resultar de que hagas o no hagas ciertas cosas. Verbi gratia: ¿por qué habías de salir esta noche si él no quería que salieras? Cuando él se oponía, algún motivo tenía. Ese motivo no puede ser otro que tu bien. Considera, Nene, —agregó la anciana en tono más blando—, que poco antes de llegar tú estuvo aquí el buen señor… No entró. ¡Qué! El nunca entra. Lo primero que hizo fue preguntar por Cecilia. Siempre pregunta y se ocupa mucho de ella, por supuesto desinteresadamente; quiero decir, sin otra mira que la de saber cómo va de salud. Tú lo sabes, Nemesia; al menos me lo has oído decir muchas veces… Estuvo por la ventana… Sólo un momento. Luego que preguntó por la salud de Cecilia, como te he dicho, con mucho interés, con el interés de un… Así que le dije que ella se preparaba para ir a la cuna del Ángel, me dijo muy agitado, sí, muy agitado, se le conocía, porque hasta le temblaba la voz: —No la deje ir, seña Chepa, no la deje ir, deténgala; esa chica busca su perdición… (Ese es su modo de hablar). No la deje ir, deténgala, en otra ocasión le explicaré lo que pasa. Luego se fue, arrimadito a la pared como si temiera de que lo viesen. Al irse me puso una onza de oro en la mano para zapatos para Cecilia. ¿Puede darse mayor generosidad ni nobleza de alma? ¿Estará enamorada una persona que siempre obra así? Vamos. Di. ¿Ves en esto interés malicioso, celos mundanos, amor? ¿De esa manera enamoran los hombres de su edad hoy en día? Bien, ¿qué te parece, Nemesia? ¿Qué opinas?