Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Yo, en verdad, —contestó Nemesia, consultando con la vista el semblante de su amiga—, no sé qué decir, ni me atrevo a dar una opinión franca. Sin embargo, —añadió luego más animada—: yo que Cecilia me reía de todo eso, en vez de ponerme brava. Si el hombre estaba enamorado de veras, porque lo estaba, y si no para burlarse de él y que me pagase por todo lo malo que me hicieran los demás. A mí no me importaría un comino que uno como ése me hiciera la rueda y me celara a todas horas; mientras me daba dinero, le pagaba con sonrisas. Y no se diga que yo procedía mal, ni cometía un pecado, porque los hombres son todos falsos, fingen amor cuando no lo sienten, y tienen tantas tretas que es difícil conocer cuando quieren de verdad y cuando se proponen engañar a las pobres mujeres. Piensa mal y acertarás, dice el proverbio. ¿Qué daño te puede resultar tampoco, Celia, de no ir esta noche a la cuna?

—Daño ni bien no me podía resultar de ir o no ir esta noche, claro está, —replicó Cecilia—. El caso es que el hombre de que habla mamita se ha propuesto meterse en mis negocios y gobernarme, por puro capricho o por gana de moler la paciencia, y eso es lo que hallo intolerable.

—Está bien, mujer, —observó Nemesia blandamente—; mas no veo que te cause ninguna extorsión con meterse.


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