Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¿Cómo que no?, —repuso Cecilia prontamente—. Mamita toma su parte desde luego, y me regaña, y me pelea, y me rompe el túnico para que me quede en casa y le dé gusto al viejo majadero. ¿Te parece poco?
—Ya, a mà tampoco me gusta que se meta naiden en mis negocios. Con todo, a veces tiene una que hacerse la boba, a fin de sacar mejor partido de ciertos hombres. A ése se le ha metido en la cabeza mandarte y celarte; déjale seguir su capricho, mujer; haz que le das gusto; no le deseches de una vez; sonrÃete con él, por lo menos mientras se muestra dadivoso, y gozarás y vivirás hasta ponerte vieja.
Por entonces la conversación se concretaba a Nemesia y su amiga, porque la anciana habÃa vuelto a su butaca y a sus cavilaciones.
—Mira, —prosiguió aquélla—, que el que se apura se muere. Por otra parte, ten por seguro que ningún viejo por marrullero que sea es peligroso para una muchacha como tú.
—No, yo no lo creo peligroso, no le temo ni un tantico, —dijo Cecilia—. Yo soy muy independiente y no consentiré jamás que nadie me gobierne, mucho menos un extraño.
—¡Extraño! —repitió la abuela para sÃ, con voz ronca y profunda.