Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Hay de todo. Te diré. Pasaba yo por allá… Seña Clara me detuvo más de lo regular en la sastrería. Pues pasaba por allá, aunque era bastante tarde, porque había quedado con Cecilia en que daríamos una vuelta por el Ángel después de la salve. Ella sospechaba que el individuo que estuvo esta tarde en la sastrería a buscar su ropa nueva iba al baile de Farruco para verse con la muchacha del campo del día de San Rafael, y se proponía pillarlo en fragante. Cálculos de mujer celosa. Apenas llegué a la esquina vi acercarse un hombre a la ventana de la casita y hablar con una persona que estaba detrás de la cortina. Aquello picó más mi curiosidad, y así que se separó el hombre me acerqué yo… Y ¿con quién te figuras tú que me topé? Con Chepilla. Me hizo entrar. Acababa de haber allí una de mar y morena. Parece que Cecilia se había vestido para salir conmigo; y la abuela, en la brega de impedírselo, le rompió el túnico y la peineta de teja. Todo eso sucedió en un momento.
—¡Pobre muchacha! —exclamó el músico compadecido.
—Cecilia es muy cabezadura. Cuando se le pone una cosa, eso ha de ser; de manera que la abuela vio los cielos abiertos luego que yo me aparecí. Ya ella no puede con la nieta. Pues bien, me hizo entrar para ver si entre las dos lográbamos que Cecilia no saliera.