Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zaguán, llevaron los caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las monturas en sus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros en clavos fijos en la pared de un cuartucho; y por lo que hace a Aponte, acabado el trabajo, con la tarima a la espalda, cual Cristo con la cruz, volvÃa al zaguán para ver de descansar de las fatigas del dÃa, durmiendo las pocas horas de la madrugada. Por entonces habÃan sonado las dos hacÃa rato en el reloj de la parroquia del EspÃritu Santo. La luna menguante trasponÃa el tejado de la casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba la altura de la tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinaba oscuridad en el primero, aunque no tanta que no se viesen los bultos ni se reconociesen los rostros. De repente un hombre interceptó el paso de Aponte, quien levantó los ojos y vio que agitaba el látigo en la mano derecha. Se paró al instante, porque reconoció a su amo, el joven Gamboa.
—Suelta la tarima, —le ordenó éste con voz bronca por la cólera—; arrodÃllate y quÃtate la camisa.
—Niño, ¿su merced me va a castigar? —dijo el atribulado esclavo, ejecutando por parte lo que se le habÃa ordenado.
—Vamos, despacha, —agregó el amo acompañando a la vez el golpe, por la vÃa de apremio.