Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Espere su merced, niño. ¿En qué le he faltado yo?
—¡Ah! ¡Perro! ¿Y me lo preguntas? ¿No te dije que te iba a castigar porque no me esperaste como te mandé, en la esquina del convento?
—SÃ, señor, niño; pero yo no tuve la culpa.
—¿Pues quién la tuvo? Yo le probaré que cuando te mando una cosa la has de hacer o reventar.
Y sin más ni más empezaron a llover zurriagazos en las espaldas desnudas del infeliz esclavo. Se retorcÃa, porque los golpes los descargaba un brazo vigoroso, y decÃa:
—Bueno está, mi amo (por basta). Por la niña Adela, mi amo. Por Señorita (como llamaban los criados a doña Rosa Sandoval de Gamboa), mi amito. Si yo pudiera decir la verdad, niño, su merced verÃa que no tuve yo la culpa. ¡Bueno está ya, niño Leonardito!
Pero aquella boca habÃa callado, embargada por la cólera; aquel corazón se habÃa vuelto de piedra; aquella alma habÃa perdido el sentimiento; aquel brazo sólo parecÃa animado, de hierro, no se cansaba de descargar golpes. ¡Qué cansarse!, los menudeaba cada vez con más furor, si no con más fuerza. DormÃa ya don Cándido, cuando le despertaron asustados los estallidos del látigo y los lamentos del calesero.
—¿Qué es eso? —preguntó a su esposa.
—Nada, Leonardo que castiga a Aponte.