Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Pero ¡qué escándalo! ¿Qué horas son éstas de castigar a los criados? Di a ese muchacho de Barrabás que pare la mano, o por Dios bendito…
—Acuéstate y duerme, —repitió la mujer—. Aponte está muy perro y necesita un buen castigo.
—SÃ, mas estoy seguro que esta vez no ha cometido falta. Véase qué pasada le han jugado a tu hijo y ahora se la paga el pobre mulato.
—Tú no sabes lo que hizo por la tarde a las muchachas en la calle de la Muralla.
—Será asÃ, pero que pare el muchacho la mano o me levanto y le rompo una costilla como me llamo Cándido. ¿Hase visto mayor desvergüenza?
Claro vio doña Rosa que por poco que continuasen el vapuleo, los clamores y las protestas de inocencia del calesero, se levantaba don Cándido y hacÃa una de las suyas, pues a la natural rudeza de quien no habÃa recibido educación, agregaba un carácter violento, se asomó al postigo de la ventana de su alcoba y dijo:
—Leonardo, basta.
Esto fue lo suficiente. Bien que ya era tiempo de que el joven hubiese desfogado la cólera que le dominaba, o de que se le desmayase el vigor.