Cecilia Valdes

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No venía, sin embargo, dispuesto don Melitón a satisfacer de plano la ansiedad de sus señores. Creía, por el contrario, que acababa de vencer una gran dificultad, mas que había alcanzado una hazaña; y, como hombre de poco seso, se daba importancia inmerecida. Después de ir y venir arriba y abajo del escritorio recogiendo papeles, arreglando las plumas de ave en el tintero, abriendo y cerrando gavetas, se volvió para don Cándido y su esposa, que seguían sus movimientos, no poco disgustados, y dijo:

—¡Qué calor!, ¿eh?

Ninguno de sus oyentes le replicó palabra, y él continuó muy satisfecho:

—Vea Vd. en Gijón. Por este mismo tiempo empieza a soplar un airecillo, que ya… Es preciso abrigarse, so pena de coger un costipado… pero esta Isla se ha hecho para los negros. Bien pudo el señor don Cristóbal haberla descubierto en otra parte, donde no hubiese tanto calor. Porque, pongo por caso, llega aquí un mozo de Castilla, o de Santander, llega robusto, con unos cachetes que parecen dos cerezas, vamos, rozagante, fuerte como un toro, y en menos de seis meses, si escapa con vida del vómito[116], se queda escueto y desmazalado por el resto de su vida. ¡Qué tierra ésta! Sí, ¡digo a Vd. que es ésta mucha tierra!


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