Cecilia Valdes
Cecilia Valdes En estos momentos sus ojos tropezaron con los de don Cándido y doña Rosa que le miraban de hito en hito, y, cual si volviera en su acuerdo, agregó en diferente tono:
—Pues, señor, me parece, sÃ, me parece que todo ha salido a pedir de boca.
—¡Acabáramos! —dijo don Cándido respirando fuerte.
—Allá iba, —prosiguió don Melitón, respondiendo antes a la intención que a la palabra de Gamboa—. Allá iba, pero Vd. me conoce, señor don Cándido, y sabe que yo no soy escopeta catalana.
—No tiene Vd. que repetirlo, —replicó don Cándido con énfasis.
—Al caso, —terció doña Rosa en tono blando, pues conoció que iba a armarse una disputa interminable.
—Al caso, —repitió el Mayordomo—, entonces más en caja. Pues como decÃa, ha salido la cosa mejor de lo que esperábamos. Marché, ¿qué digo?, partà como una saeta para el portal del Rosario y me entré de rondón en el baratillo de don José a pesar que el mozo de las vidrieras, en el portal, lo mismo que los otros dos detrás de los mostradores dentro, creyendo que iba a comprarles la tienda en peso, me tira éste del brazo, aquél de la chaqueta… Vd. sabe que ellos son bromistas y más pillos, que ya…