Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Lo que sé, —repuso don Cándido molesto—, es que Vd. gasta una pachorra…

—Pues decía, —continuó como si no hubiese oído a su amo—, que me costó algún trabajillo deshacerme de esos bellacos. ¿Dónde está don José?, pregunté a don Liberato. Quiero ver a don José. Traigo un recado urgente para él. ¡Chite!, me dijo el mozo; ahora está muy entretenido para que Vd. le vea. Venga acá, y me llevó por la mano a la puerta del patio, y agregó: —Véale. En efecto, muy acicalado estaba y arrimadito a la pared, en interesante conversación por señas y medias palabras, con la sombra de una mujer que se entreveía a través de las persianas del balcón en el principal de la casa. Sólo vi dos ojazos como dos carbones encendidos y la punta de unos deditos de rosa asomándose de cuando en cuando por entre los listoncillos verdes. ¿Qué significa eso?, pregunté a don Liberato. ¿No lo entiende Vd.?, me contestó. Nuestro don José que se aprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo para camelarle la hermosa dama.

Don Cándido y doña Rosa cambiaron una mirada de inteligencia y de asombro, y el primero dijo:

—Don Melitón de mis culpas ¿qué tenemos que hacer nosotros con un cuento con todos los visos de calumnia?


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