Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¡Calumnia!, —repitió el Mayordomo serio—. Pluguiera al cielo. Nada de eso; ya verá Vd. mis trabajos, ya. No se puede negar que es el más buen mozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro, porque sabe hablar, que ya… Es cosa notoria que ahora años, cuando el sistema constitucional, le comparaban con el divino Argüelles, y una vez le pasearon en triunfo en esos mismos portales de la Plaza Vieja. Y, con perdón de la señora doña Rosa, todo eso le peta mucho a las mujeres, y la Gabriela que es joven y bella… ya, ya. La intención, las ausencias del marido, las galanterÃas, el diablo que nunca duerme…
—Don Melitón, —saltó otra vez Gamboa muy molesto—, ¿de quién nos habla Vd.?
—¡Toma! Pues creÃa que me estaba Vd. atento. Le hablo de don José, mi paisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del paÃs por lo blanca y rosada.
Doña Rosa, que era criolla y que no lo tenÃa a menos, se sonrió al oÃr la groserÃa de su Mayordomo, el cual prosiguió: