Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Que la esclavitud tiene fuerza de trastornar la noción de lo justo y de lo injusto en el espíritu del amo; que embota la sensibilidad humana; que afloja los lazos sociales más estrechos; que debilita el sentimiento de la propia dignidad y aun oscurece las ideas del honor, se comprende; pero que cierre el corazón al amor de padres o de hermanos a la simpatía espontánea de las almas tiernas, he aquí lo que no se ve a menudo. No es, pues, extraño que María de Regla sintiese en lo profundo del pecho su separación a un tiempo de la hija, del padre de ésta y de Adela misma, para pasar el resto de sus días en el destierro del ingenio La Tinaja.
En el código no escrito de los amos de esclavos no se reconoce proporción ni medida entre los delitos y las penas. Es que no se castiga por corregir, sino por desfogar la pasión del momento; de que resulta que casi siempre se le apliquen al esclavo varias penas por un solo delito. Luego, llovía sobre mojado, como vulgarmente se dice, en el caso de María de Regla. Su destierro de La Habana, la separación de la hija y del marido, quizás para no verlos más en la vida, el cambio de ocupación de ama de leche en la ciudad por el de enfermera en el campo, el traspaso de dependencia bajo el capricho del Mayordomo en aquélla, al del Mayoral en el ingenio, en concepto de doña Rosa no bastaban a purgar la culpa de su triste esclava.