Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Al cabo, atraída una noche doña Rosa por el llanto de su hija, sorprendió a la nodriza dormida entre las dos niñas, que, con ambos brazos extendidos, se impedían el mutuo goce del delicioso líquido. ¿Qué hacer en aquellas circunstancias? ¿Castigar a la esclava en el acto por su desobediencia? ¿Cambiar de nodriza? Tan malo sería lo uno como lo otro, pensó doña Rosa. Lo primero, porque el castigo envenenaría la leche de la esclava; y lo segundo, porque en el octavo mes de la lactancia, el cambio repentino produciría resultados no menos fatales a la salud y tal vez a la existencia de Adela. Tan perpleja estaba que consultó a su marido, quien, hombre violento si los hay, aconsejó la prudencia y el disimulo hasta ocasión más oportuna. Descubierta su primera falta, dijo él, no es probable que María de Regla reincida. De cualquier modo, así continuaron las cosas por un año y medio más, al cabo de cuyo tiempo, el día menos pensado, se le ordenó al Mayordomo echara por delante a la criandera y la embarcara a bordo de una goleta que hacía viajes de La Habana al Mariel, dejándola en el ingenio de La Tinaja, bien recomendada al Mayoral. Allí se hallaba de enfermera el año de 1830, es decir, purgando la culpa de ser madre amorosa, cometida trece años antes de esa fecha.




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