Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Dolores y Tirso eran hermanos uterinos. La primera, nacida en La Habana, salió negra, porque a esa raza pertenecía su padre; el segundo, nacido después en el ingenio La Tinaja, salió mulato, porque su padre, fuera el que fuese, era de la raza blanca. De aquí provenía el que ellos no se viesen como tales hermanos, y que María de Regla quisiese más a Tirso, que mejoraba la condición, que a Dolores, la cual perpetuaba el odioso color, causa aparente y principal, creía ella, de su inacabable esclavitud. Pero aun en este particular estaba María de Regla condenada a ver defraudadas sus más risueñas ilusiones de madre. Tirso, su preferido, no la quería, mas se avergonzaba de haber nacido de negra, enfermera del ingenio por añadidura. Al contrario, Dolores adoraba en su madre. Cada vez que llegaba a sus oídos la noticia del mal trato que le daban en La Tinaja, era motivo de amargo llanto para ella y para suplicar a Adela la hiciese venir a La Habana y la sacase de aquel purgatorio donde la tenían penando, hacía tanto tiempo, sólo por haber dado de mamar a la vez a su propia hija y a la hija de sus amos. Sentía Adela la fuerza de estas dolorosas quejas, y, no obstante sus pocos años y muchas distracciones, oyendo continuamente, en el silencio de la noche, ella acostada y Dolores de rodillas junto a su cama, la triste historia de los trabajos y padecimientos de María de Regla en el ingenio, se conmovía hasta verter lágrimas, y entre bostezo y bostezo la prometía que al día siguiente hablaría a doña Rosa sobre el asunto. Así se quedaban dormidas muchas veces aquellas hermanas de leche, casi siempre con las mejillas aún húmedas del llanto.


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