Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Adela, —dijo doña Rosa afectada con el tono de ingenuidad y de exquisita ternura de su hija—. Adela, tú no sabes el sacrificio que exiges de mí. Pero se acercan las Pascuas, toda la familia irá al ingenio y ya veremos lo que puede hacerse con esa negra de Barrabás. Debo advertirte, sin embargo, que no esperes me ablande de pronto y sin madura reflexión. Esa negra está perdida y muy sobre sí. Lejos de arrepentirse y enmendarse, como esperaba, para lavarse de la culpa de su desobediencia a mi expreso mandato, la ha hecho peor desde su llegada a La Tinaja. Va para doce años que la tengo allá, y cada vez me traen más quejas de ella y oigo cosas más escandalosas. El Administrador que teníamos allí trinaba con la negra. Yo no te había dicho nada, hija, porque no se había ofrecido la ocasión; pero me parece que ya María de Regla no puede vivir con nosotros. Sería un mal ejemplo para ti, para Carmen y aun para la misma Dolores. Desde que entró en el ingenio, entró allí la guerra civil; de cuyas resultas ha habido que cambiar a menudo de mayordomos, de mayorales, de maestros de azúcar, de carpinteros, en fin, de cuantos tienen la cara blanca, pues no parece sino que la maldita negra tiene un encanto para los hombres o que todos ellos son fáciles de infatuarse con cualquiera que lleva túnico. Tirso es una acusación viva contra la moralidad de María de Regla, pues su padre fue un carpintero vizcaíno que tuvimos hace tiempo en La Tinaja… Los bocabajos[125] que ha llevado no la han corregido…


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