Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Las últimas palabras de doña Rosa estremecieron a Adela de pies a cabeza, pues a pesar de los lamentos de Dolores, ignoraba que le hubiesen impuesto a su adorada ama de leche otro castigo que el durÃsimo del destierro de La Habana y de las personas que más querÃa en el mundo. Pareciole oÃr el chasquido del látigo, los gritos de la vÃctima y el crujido de las carnes; se llenó de horror, se cubrió la cara con ambas manos, y por entre sus dedos de rosa saltaron dos lágrimas como dos gotas de rocÃo, y fueron a estrellarse en su casto y agitado seno, exclamando solamente:
—¡Pobrecita!
Conoció entonces doña Rosa que habÃa ido muy lejos, y apresuradamente añadió:
—¿Lo ves? Tú también estás infatuada con la negra. Por desgracia te dio de mamar, debes de tenerle algún cariño, lo comprendo; no obstante, es preciso que reconozcas que es muy mal empleado y ya te convencerás que ella no merece tu compasión. Espera: de aquà a Navidad no va mucho. Ya veremos el medio de arreglar lo que haya de hacerse.