Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Bien por cierta tendencia a la obesidad, por el calor, o por el desaliño natural de la gente de color, el traje de la vendedora consistía de falda de listadillo y camisolín, que cuando limpio debía de ser blanco, y apenas le llegaba a los hombros, quedándose más corto por las espaldas, cuyas partes, junto con los brazos desnudos a la griega o romana y las mejillas redondas y rollizas, le brillaban cual si, a la usanza de su tierra, se las hubiese untado con grasa. Por supuesto, no calzaba zapatos, sino que al caminar arrastraba un par de chancletas con la punta de los dedos. Luego que abrió seña Josefa, depuso el tablero en el quicio de la puerta, y en tono de voz chillona, cuyo volumen no correspondía con el de su cuerpo, dijo:

Güenos días, caserite. ¿No me toma naa hoy? Entoavía no ha hecho la cru.

Contestado brevemente el saludo por la anciana, ayudó a deponer el tablero en el suelo, agregando de prisa que le diera un real de carne de puerco, medio real de huevos y medio de manteca. La vendedora cortó la carne a ojo de buen cubero, y con los demás artículos pedidos la puso en un plato que trajo Cecilia; y no bien la vio, parece que la entraron ganas de hablar hasta por los codos.


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