Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Labana etá perdÃa, niña. Toos son mataos y ladronisio. Ahora mismito han desplumao un cristián alantre de mi sojo. Uno niño blanca, muy bonite. Lo abayunca entre un pardo con jierre po atrá y un moreno po alantre, arrimao al cañón delasquina de Sant Terese. De dÃa crara, niño, lo quitan la reló y la dinere. Yo no queriba mirá. Pasa batante gente. Yo conose le moreno; e le sijo de mi marÃo. ¡Ah! Me da mieo. EntoavÃa me tiembla la pecho.
Con semejante descuadernado e ininteligible relato, se asustó mucho Cecilia, porque le pasó por la mente que el robado podÃa ser su amante; pero disimuló cuanto pudo y la carnicera prosiguió:
—Allá por los Sitios ha habio la mar y la morene lotra noche. Tondá quiee prendré los mataores del bodeguer de la calle Manrico y la Estreya. Elle estaba en un mortorio. El gobernaó manda prendeslo. Dentra Tondá, elle solito con su espá, coge dos; Malanga, lo sijo de mi marÃo juye po patio y toavÃa anda escondió. Ese, ese, ma malo que toos. Conque pa que vea la caserite. No se pue un fÃa de naide. ¡Adiós, caserite! Mucha salú.