Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Ida la carnicera vino el panadero con la cesta de pan a la cabeza de un negro que le seguía los pasos, como la sombra verdadera de su cuerpo. Entonces seña Josefa se acordó que debía preparar el almuerzo. Según dijimos al principio de esta historia, el fogón se hallaba en el patio, debajo de un alero de mesilla, sin chimenea ni cosa que lo valga. Allí la anciana hizo lumbre valiéndose del eslabón, el pedernal, el azufre, el cabo de vela y unos cuantos carbones vegetales, y en poco más el almuerzo quedó listo. Entretanto Cecilia puso la mesa y ambas mujeres se sentaron a ella. Por largo rato estuvieron sin probar bocado, levantar los ojos del plato, ni hablar palabra. Es que a cada rato esperaba la nieta que la abuela le leyese la culpa en el semblante, y no se atrevía a mirarla de frente; al paso que ésta parecía muy nerviosa y desazonada. Varias veces intentó decir algo; harto se le conoció por el movimiento de los labios, y otras tantas la voz se le atravesó en la garganta, porque en vez de sonidos articulados sólo se le escaparon sollozos. Por último, hizo un esfuerzo y dijo:
—Yo debía morirme ahora mismo.
—¡Jesús, mamita! No diga eso, —exclamó Cecilia sin alzar la cabeza.
—¿Por qué no, si tal es lo que siento? ¿Qué hago yo en el mundo? ¿De qué sirvo? De estorbo, nada más que de estorbo.
—Nunca había hablado así su merced.