Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Puede ser, pero mis penas, aunque grandes, he podido sobrellevarlas hasta ahora. Ya estoy vieja; sin embargo, me faltan las fuerzas, no puedo más. Estaba pensando que serÃa mejor echarme a morir.
—¿No dice su merced que es pecado murmurar de los trabajos y penas que Dios nos manda? Acuérdese que Jesucristo llevó la cruz hasta el calvario.
—¡Pobre de mÃ! Mucho tiempo hace que he andado la vÃa crucis, y que estoy en el calvario. Sólo falta mi crucificación, y tal parece que me la tienen decretada aquellos mismos que más quiero en este mundo.
—Si mamita lo dice por mÃ, mire su merced que comete una verdadera injusticia. Bien sabe Dios que por aliviarle los pesares, de buena gana darÃa la sangre de mis venas.
—No lo demuestras, no se te conoce. Al contrario, parece que te complaces en hacer siempre lo que yo no quiero que hagas, lo mismo que te prohÃbo. Si tú me quisieras como dices no harÃas ciertas cosas…
—¡Eh! Ya veo por donde va su merced.
—Voy por donde debo ir, por donde va toda madre que estima en algo el porvenir de sus hijos y su propio decoro.
—Si su merced no diera oÃdos a chismosos, lengua largas, se ahorrarÃa más de un disgusto.