Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Sucede, niña, que esta vez el chisme viene bien con lo que yo vi con estos ojos y oà con estas orejas que se han de comer la tierra.
En el calor de la discusión la muchacha habÃa cobrado aliento y dijo:
—¿Qué ha podido ver ni oÃr su merced que no sea un chisme? Vamos, dÃgalo.
—Cecilia, lo que yo veo claro como la luz del dÃa es que a pesar de mis amonestaciones y de mis consejos, tú buscas tu perdición como la mariposa la luz de la vela.
—Y si cierta persona, que es a quien su merced se refiere, se casa conmigo, me colma de riquezas y me da muchos túnicos de seda, y me hace una señora y me lleva a otra tierra donde nadie me conoce, ¿qué dirÃa su merced?
—DirÃa que ese es un sueño irrealizable, un disparate, una locura. En primer lugar él es blanco y tú de color, por más que lo disimule tu cutis de nácar y tus cabellos negros y sedosos. En segundo lugar, él es de familia rica y conocida de La Habana, y tú pobre y de origen oscuro… En tercer lugar… Pero, ¿a qué cansarme? Hay otro inconveniente todavÃa mayor, más grande, insuperable… Tú eres una chicuela casquivana… Mujer perdida, sin remedio. ¡Dios mÃo!, ¿qué he hecho yo para que me castiguen asÃ?