Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Ocupaba el poyo de la ventana mencionada un grupo compuesto de varias señoras y caballeros, todos conocidos nuestros; es decir, la familia Gámez, Diego Meneses y Francisco Solfa, despidiéndose de Isabel Ilincheta que, en unión de su padre, se volvía para Alquízar. Casi a un tiempo todos aquéllos le dirigían la palabra desde la ventana y ella les contestaba, asomando a veces la cabeza por debajo del capacete, sin desatender el joven al estribo, que apoyaba en él un pie mientras asía con la mano izquierda la abrazadera del quitrín.
En esto llegaban las dos muchachas por la parte del norte de la calle. Desde lejos reconoció Cecilia al joven que hacía de lacayo, Leonardo Gamboa. Y aunque no había visto todavía a la dama del carruaje, ni a derechas la conocía tampoco, adivinó quién podía ser. Andando, andando, formó la resolución de dar un buen susto a los dos, tal que les sirviera de castigo, si no de saludable escarmiento. Para ello, adelantose a su compañera, le pegó un fuerte empellón a Leonardo, que, por no estar prevenido, perdió el equilibrio, resbaló y dio de costado en la concha del quitrín, a los pies de la sorprendida dama. Esta, ignorante de lo que pasaba, o juzgando que aquello no era más que una broma, aunque pesada, sacó la cabeza por debajo de la cortina para ver a la agresora, en cuyo momento, creyendo reconocerla, entre asustada y reída, exclamo:
—¡Adela!