Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Había logrado Nemesia despertar la curiosidad y aún la alarma en el ánimo de la amiga, y de antemano saboreaba el placer de verla morir de celos.
Bastante trabajo costó a las dos muchachas el cerrar la puerta con llave. La oxidada cerradura estaba fija en el ángulo del marco y la traviesa a un lado, el picolete[134] adherido a su armella[135] en la hoja macho al otro, mal ajustado en la alcayata que le servía de apoyo, y de consiguiente no entraba el cerradero en la hembrilla[136] para que hiciera presa el pestillo. Al fin, lograron su objeto, haciendo uso Cecilia de más maña que fuerza; y echaron a andar a paso menudo, bajo la sombra de los tejados, en dirección del sur de la ciudad.
Detrás de las tapias del convento de Santa Teresa, opuesto a una casa de ventanas de poyo alto y rejas voladizas, había parado un carruaje, al cual se veían enganchados tres caballos apareados, de frente para la calle de la Muralla. El calesero montaba el de la izquierda, armado de machete largo y demás adminículos del oficio, en son de marcha. Al estribo inmediato a la acera había un joven dando los últimos adioses a una señorita en traje de viaje, que se hallaba sentada a la derecha de un caballero entrado en años y de aire respetable.