Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Mamita puede volver pronto y yo no quiero que me encuentre fuera.
—¿Qué importa? ¿Quién dijo miedo? No es lejos tampoco. Detrás de Santa Teresa.
—No sé qué sacaré yo con ir hasta allá.
—Tal vez un desengaño.
—Pues para eso no voy. No quiero desengaños tan temprano.
—Es preciso que vengas, mujer. Te interesa, te lo repito. Pronto.
—No estoy vestida ni peinada.
—No le hace. En un momento te pones el túnico, te alisas el pelo, te echas la manta por la cabeza y naide te conoce. Yo te ayudaré.
—Nene, ¿cómo dejamos la casa?
—Le echamos la llave a la puerta, y ojos que te vieron ir, paloma torcaza. Vamos, anda. No hay tiempo que perder. Podemos llegar tarde, cuando haygan volado los pájaros.
—Me da vergüenza salir a la calle de trapillos.
—Naide te verá. ¡Hombre! Ni que fueras a perder por eso el casamiento. ¿Vienes? SerÃa una lástima llevarnos chasco.
—¿Qué será? —pensó Cecilia entrando en el cuarto para prepararse, como lo hizo, en un dos por tres.