Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¡Qué me alegro! —repuso seña Josefa—. ¿Estás tú hoy muy de prisa, hija mÃa?, —añadió hablando con Nemesia.
—No, señora, ni un tantico. Iba a la sastrerÃa de Uribe en busca de costura. Pero si la vida dura, el tiempo es largo. Iré más tarde. Lo mismo da.
—Ahora bien, hija, tú me vas a hacer un favor: te quedas aquà en la compaña de Cecilia, intertanto doy un saltico a la Merced y vuelvo en un santiamén. ¿Te quedarás?
Sin aguardar respuesta se ciñó de nuevo la correa, se echó el chal de cañamazo por la cabeza y salió a la calle. Y no bien lo hizo cuando Nemesia se volvió de improviso para Cecilia, la cogió por ambas manos y le dijo:
—¿Qué te cuento, china? Acabo de toparme con él.
—¿Con quién? —preguntó Cecilia.
—Con tu adorado tormento.
—¿Y qué bienes nos vienen con esa gracia?
—¿Es posible, mujer? Lo dices como si no te importara. Cuando digo que me he topado con él es porque creo que te interesa saber cómo, cuándo y dónde lo he visto. Vengo a buscarte.
—Yo no puedo salir.
—Para estos casos siempre hacen un poder las mujeres de pelo en pecho como tú.