Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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No tenía, en efecto, contestación, ni venía dirigida a seña Josefa, sino al «Dr. Don Tomás de Montes de Oca. En mano propia». Llegaba a tiempo de calmar la ansiedad mayor de su espíritu atribulado. Con el auxilio de las gafas, que le alcanzó Cecilia, pudo ella mascullar para sí:

«Muy señor mío: De conformidad con lo que hemos hablado, doy la presente a la portadora, que se le presentará hoy mismo, a fin de que Vd. la explique lo que haya de hacerse en el asunto consabido. Está de más repetirle que responde a todo y que le vivirá eternamente reconocido S. S. S. y amigo Q. B. S. M.[133]

C. de Gamboa y Ruiz».

Leída una y otra vez la carta para enterarse mejor del contenido, miró por encima de las gafas, primero a la nieta, luego a Nemesia, que se estaba callada a esperar el resultado de aquella escena muda, conocidamente absorbida, y como dudosa del partido que debía tomar. Pero el «hoy mismo» de la carta la obligó a formar una resolución preguntando:

—¿Qué hora es?

—Son las ocho, —contestó Nemesia prontamente—. Acaban de mudar las guardias de la suidad. Como que oigo los tambores entodavía.


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