Cecilia Valdes
Cecilia Valdes La verdad es que en la disputa, con la conciencia alarmada, si no en posesión de hechos, ambas habían avanzado a un terreno resbaladizo, hasta allí vedado para ellas, donde la primera que entrase había de recoger larga cosecha de pesares y remordimientos. Por su parte, no creía seña Josefa llegado el momento de enterar a Cecilia de su verdadera posición en el mundo. Tal vez el lechero se había equivocado respecto de la identidad del joven; tal vez éste meramente pasaba por la puerta de la casa. Si usted quiere conservar la inocencia de una doncella, no la acuse, sin pruebas de haber pecado. Por estas razones seña Josefa, aunque desazonada, y llena de profundo pesar, desde lo íntimo del pecho saludó con alegría la venida inesperada de Nemesia.
Por fortuna también, para sacar a las tres mujeres de su embarazosa situación, llamaron entonces a la puerta de la calle con un fuerte golpe de aldaba, modo desusado de llamar. Seña Josefa, siempre lista para estos casos, corrió a abrir, recibiendo, junto con un saludo profundo, un papel que le alargó un negro ya canoso, vestido decentemente de limpio. Tenía todo el aire de calesero de casa principal. Dada la carta, se marchó diciendo:
—No contesta.