Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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En la calle de la Merced, cerca del convento de este nombre, como quien va para la alameda de Paula, sobre la mano derecha, hay una casa de azotea, la única de la cuadra. La entrada, aunque amplia, pues admitía hasta dos carruajes en fila, no era de las llamadas propiamente de zaguán. Delante de la puerta había estacionada una mala volante a la que se hallaba enganchado entre varas, un caballo que para no desdecir de aquélla tenía más de Rocinante que de Bucéfalo. Encaramado allá en la alterosa silla, hecha así por la multitud de sudaderos para mejor resguardo de los lomos de la bestia, descansaba a horcajadas el calesero negro, cuyo traje y aspecto no desdecían un punto del resto del equipaje. Mientras esperaba por el dueño, o dormía, o tenía en la mollera más aguardiente del necesario, porque le costaba trabajo mantener la cabeza erecta y alta, antes daba a veces con la frente en el pescuezo del caballo, que por su inmovilidad parecía de piedra.

Se le acercó seña Josefa por el lado de dentro y le dirigió la palabra repetidas veces, sin lograr que despertara o diera señales de vida. Bien es que ella, por respeto o por natural timidez, ni alzaba bastante la voz, ni osaba tocarle. No sabía su nombre tampoco, pero sospechando que se llamaba José, le dijo éste repetidas veces en tono cariñoso:

—José, José, Joseíto, ¿está ahí el Doctor?


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