Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Conoció luego seña Josefa que habÃa terminado la operación, asà porque habÃa cesado de quejarse el paciente, como porque el Doctor, alzando el instrumento con que la habÃa ejecutado, dijo:
—¡Ea!, ya está Vd., despachado. Vea lo que tenÃa en el oÃdo: un frijol, como un garbanzo, pues con la humedad de esa parte creció dos tantos de su natural tamaño.
—Gracias, Doctor, mil gracias. Dios se lo pague y le dé mucha salud. No sabe Vd. cuánto me ha atormentado ese frijol en el oÃdo. HacÃa más de diez dÃas que no dormÃa, no comÃa ni…
—Lo creo, —le interrumpió el Doctor con aire triunfante y no poco receloso—. Buen trabajo me ha costado extraerle el cuerpo extraño. Luego, la parte esa es tan delicada, que por poco que me fallase el pulso podÃan resbalarse las pinzas y dañarle el tÃmpano del oÃdo y dejarle sordo por el resto de sus dÃas. Bien. Ahora me paga Vd. mi trabajo, se marcha a casa y se da unos bañitos de cocimiento de malvas con unas gotas de láudano para calmar la irritación…
—¿Cuánto le debo Doctor? —preguntó el hombre temblando—, no ya del dolor, sino del recelo de que le pidiesen mucho dinero por una operación ejecutada, y eso brevemente.
—Media onza de oro, —contestó Montes de Oca con sequedad e impaciencia.