Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Después de darle las gracias al amable calesero, entró, en efecto, la anciana. Había en la sala varias personas de aspecto pobre y ambos sexos esperando por el médico, el cual en aquel momento no se hallaba presente. Seña Josefa le conocía, y desde luego le buscó por todas partes con cierta inquietud, pues tal vez había salido; aunque el hecho de la volante a la puerta y la presencia de los pacientes en la sala, indicaban que si estaba fuera de casa, no era para la visita ordinaria de enfermos que giraba todos los días después de almuerzo. Al fin alcanzó a verle en el patio, inclinado sobre un hombre que, sentado en una silla, emitía de cuando en cuando quejidos apagados, más dolorosos, por donde se conocía que el Doctor ejecutaba una operación quirúrgica difícil. Era Montes de Oca cirujano hábil, no cabe duda, al menos atrevidísimo en el manejo de la cuchilla, tajando carne humana como quien taja hogazas de pan, siempre, es verdad, con acierto, tal vez por la misma sangre fría con que ejecutaba esas operaciones carniceras. Cuéntase, en efecto que en cierta ocasión le abrió el vientre a un individuo para extirparle un absceso que se le había formado en el hígado, y que lo ejecutó con la mayor fortuna, pues no se le murió el paciente entre las manos, sino que sanó, al menos de aquella dolencia. Eso sí, era tan hábil como interesado y codicioso de dinero. A nadie curaba de balde; ni se movía de su casa sino para hacer visitas de paga al contado violento, o con promesa explícita de que se le pagaría bien su habilidad, reconocida generalmente, tarde que temprano.


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