Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Nadie le preguntó por qué lloraba y se mostraba tan afligida. Cecilia, a quien encontró allí de vuelta, estaba harto disgustada para pensar en los disgustos ajenos. Nemesia también guardó un profundo silencio, diciendo sólo al despedirse de las dos: —Hasta después. Aun la imagen de la Virgen en el nicho, frente a su butaca, parecía que no debía ofrecerla esta vez consuelo. Transida por el dolor de la espada que le atravesaba el pecho, dirigía hacia otra parte sus amorosos ojos.
Y tal fue, después de todo, la indicación oportuna que recibiera seña Josefa en medio de su pavorosa soledad. La madre del Salvador del mundo, en los momentos de perderle enclavado en una cruz, claramente le enseñaba con su resignada, sublime actitud, que hay dolores tan grandes para los cuales no se encuentra consuelo aquí abajo, sino allá arriba, ¡en el cielo!