Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Adoptó, eso sí, mayor cautela, observó con doble atención; y he aquí la sola novedad que se operó en su conducta en adelante respecto de su familia. Ni tuvo que mantener larga espectativa tampoco, porque días después, en la mesa del almuerzo, se habló de la neurosis facial de Antonia y del alivio que sentía después de la extracción de la muela por Fiayo. No necesitó de más don Cándido: su mujer había estado en casa de Montes de Oca, donde era notorio que aquél paraba y ejecutaba sus operaciones dentarias.
Precioso dato éste; sólo que, en vez de ayudarle a resolver el enigma, contribuyó a desorientarle y hasta cierto punto a adormecer sus recelos. Porque no cabía en su cabeza que el médico hubiese hablado a su esposa de la moza enferma en el hospital de Paula. Por flojo de lengua que le supiese, no podía imaginar siquiera que llevase la candidez (malicia no era) al extremo de comunicar a una persona extraña que veía por la primera vez, un asunto con el cual no tenía relación ni interés alguno. ¿Con qué motivo, tampoco, suscitar la conversación? Daba por hecho Gamboa, además, que él había hablado al médico sobre la enferma en confianza, y aunque no le había exigido el secreto, se entendía que debía observarse en todas circunstancias.