Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¿Yo? Nada.
—Si te encierras en ese cÃrculo vicioso de: no sé nada, no lo digo, creo que lo mejor será que yo me vaya con la música a otra parte.
—Como Vd. guste.
—Cada vez te entiendo menos, Celia. Sospecho, sin embargo, que no dices ahora lo que sientes, y que si diera ascenso a tus palabras de poco vivir y me marchase, habÃas de derramar lágrimas de sangre. ¡Cómo! ¿Te quedas callada? ¿Qué dices? Contesta.
Iba siendo demasiado larga y violenta la posición asumida por Cecilia para que durase mucho tiempo. Amaba de veras. Si persistÃa en su desacostumbrada severidad, tal vez ahuyentaba al amante; fuera de que no tenÃa prueba patente de su inconstancia. Por todas estas razones, cuando precisada a responder categóricamente, inclinó la cabeza y rompió a llorar con grandes sollozos.
—¿Lo ves? —la dijo él bastante conmovido—. Ya sabÃa yo que en esto vendrÃan a parar tus bravezas. Tu corazón me quiere cuando tus labios me desdeñan. ¡Bah! Se acabó todo. No llores más, mi vida, porque concluiré por llorar contigo. Ahora lo que corresponde es: pelillos a la mar y tan amigos como siempre.
—Sólo bajo una condición harÃa yo las paces contigo, —acertó a decir Cecilia entre sollozo y sollozo.
—Admitido. Afuera con esa condición.