Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —«Necesito», —repitió Cecilia con desdén—. ¡Qué guapo! ¿Ha de ser a la fuerza? Pues no lo digo.
—Sea como fuere, tienes que decÃrmelo, o de lo contrario me peleo contigo y no me vuelves a ver la cara en la vida.
—Eso es lo que yo quisiera ver.
—Lo verás. En fin, ¿me dices quién es?
—No lo digo.
—Tú parece que quieres jugar conmigo.
—No juego, hablo de veras.
—Bien. Abre la puerta y déjame entrar, porque me da vergüenza que me vea la gente que pasa. Van a figurarse que estamos peleando.
—Y se figurarán lo cierto.
—Vamos. ¿Te dejas de retrecherÃas[141]?
—Yo digo lo que siento.
Leonardo la miró un rato con fijeza, como para medir el alcance de sus palabras, y trató luego de cogerla la mano que ella retiró, y después la cara con igual resultado. Cecilia no parecÃa dispuesta a ceder un punto de la actitud tomada desde el principio. ¿SerÃa ella capaz de dejarle por otro hombre? ¿Era el preferido aquél que vio alejarse de la ventana? Tanteemos un poco más, se dijo para sÃ, y enseguida añadió alto:
—¿Qué tienes tú en realidad? ¿Se puede saber?